¿Y dónde estaba Dios?

¿Y dónde estaba Dios?

En muchas ocasiones pensé que Dios no había sido parte de mi pasado. Muchas veces le pregunté, ¿Dónde estabas tú? ¿Dónde estabas cuando sufrí maltratos en mi casa? ¿Dónde estabas tú el día que murió mi madre? ¿Por qué no me protegiste del abuso sexual que tuve que pasar? ¿Dónde estabas tú Dios? ¿Dónde?...

Reconozco que usé éstas palabras y con enojo le reclamé a Dios muchas veces, Dios aparentemente guardaba silencio.

Viendo el libro de Jueces, encuentro una historia con la que me identifiqué:

Jefté era un gran guerrero de la región de Galaad, pero su madre era prostituta, la esposa de Galaad tuvo varios hijos y cuando esos medios hermanos de Jefté crecieron lo echaron del territorio. “Tú no recibirás ninguna de la herencia de nuestro padre” le dijeron, "porque eres hijo de una prostituta..." (Jueces 11:1-2).

A leer este pasaje me pregunté... ¿qué culpa tenía Jefté de las decisiones de su madre? Igual me pregunto yo... ¿Qué culpa tengo yo de las decisiones de mi padre? ¿Por qué me toco vivir una infancia tan difícil? 

La historia avanza y se pone cada vez más dramática.


Así que Jefté huyo de sus hermanos y vivió en la tierra de Tob. En poco tiempo, tuvo una pandilla de rebeldes despreciables que le seguían (Jueces 11:3).

Sigo sintiéndome identificado con la historia, en lugar de prestarle atención a mi dolor, trate de borrarlo yendo en contra de la palabra de Dios, poco a poco mi vida se fue hundiendo en el lodo del pecado, comencé a tomar decisiones incorrectas, haciendo lo que fuera, tratando de olvidar el dolor del pasado, me vi envuelto en conductas destructivas donde arriesgué mi salud y mi vida. Cada vez era peor. El dolor aumentaba haciéndose casi insoportable. ¿Y Dios?, seguía ausente aparentemente.

En esta ocasión, El Espíritu del Señor vino sobre Jefté y el recorrió toda la tierra de Galaad y de Manasés incluida Mizpa en Galaad y desde allí, lideró al ejército contra los amonitas (Jueces 11:29).

Me impresiona este hecho, el Espíritu del Señor llego a Jefté sin tomar en cuenta su pasado, ni decisiones; decisiones que lo habían convertido en un “rebelde”, es aquí donde se puede ver que Dios JAMÁS se apartó de la vida de Jefté.

Recuerdo una noche obscura llena de dolor, estaba cansado de la vida que llevaba, de los recuerdos de mi niñez, de las decisiones tan equivocadas que había tomado, que podía sentir el dolor en mi interior, yo lo llamo el dolor del alma, quizás tenía 3 o 4 horas sin dejar de llorar y comencé a quedarme dormido, de pronto sentí que me moría, las fuerzas se iban, tanto que imagine que ese sería el ultimo día de mi vida, un pánico me envolvió pues sabía que no podía morir, sabía que estaba lejos de Dios y no quería pasar una eternidad así, tome la decisión de pedirle a Dios que me rescatara en ese momento.

Ahora sé que Él nunca se olvido de mi, estuvo presente en cada día de mi vida desde el momento en que nací. Me mostró lo feliz que él estaba el día de mi nacimiento, un niño estaba llegando al hogar, un niño con un plan perfecto, me mostró todas las veces que el estuvo protegiéndome de circunstancias, me mostró lo dolido que estaba a causa de mis decisiones pero a la vez me mostraba sus brazos abiertos esperando que yo llegara corriendo hacia Él. Él estuvo siempre ahí.

¿Y dónde estaba Dios?

Así que Jefté dirigió al ejercito contra los amonitas y El Señor le dio la victoria. (Jueces 11:32).

Finalmente la vida de Jefté tuvo un propósito perfecto, estoy seguro que durante el tiempo que Jefté se fue de su casa y se juntó con algunos rebeldes (me da la impresión que vivió en una especie de pandilla) aprendió a ser un hombre sin miedo y con mucha valentía (¿cómo lo sé? porque Dios hizo lo mismo conmigo).

Mi pasado fue difícil, pero me convertí en un hombre valiente, un hombre que conoce el dolor, pero que sabe levantarse a pesar de él. Reconozco que a veces me sorprendo a mí mismo y no me la creo, pero vivo de las promesas de Dios y camino en base a ellas; mi vida tiene un plan ahora y estoy dispuesto a usar mi pasado, como mi mejor arma para servir a Dios. En Dios tengo la victoria del dolor y del pecado.

Si sientes que Dios ha estado ausente e indiferente en tu vida, quiero animarte a descubrir esos momentos de soledad, en los que aparentemente El ha guardado silencio. En oración acércate a Dios y pregúntale... ¿Dónde estabas?, descubrirás cosas sorprendentes!!!

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